No sabía donde estaba, en términos de espacio o tiempo. Todo estaba tan lleno de luz... si intentaba entrecerrar los ojos para verlo con claridad, se cegaría.
Son las 16:52. Es tanta la relatividad de afirmar que es media tarde, que me ha dado la sensación de equivocarme al escribirlo. O al menos si pienso en las cinco horas de diferencia respecto a Argentina. ¿De verdad alguien pensaba que despedirse podría llegar a ser difícil?
Cuando una idea nace, tiene la posibilidad de explotar, o de por el contrario esparcirse hasta apreciarse desapercibida. Eso pasa con las ideas que, muchas veces volátiles, llegan a nosotros para plantarse como una semilla que, afortunadamente, puede terminar floreciendo en primavera. Siento de forma profunda, que la idea de considerar la facilidad de las despedidas como una constante en mi vida, podría ser cierta.
Imagina llegar al punto de comparar cada cosa que ocurre en tu vida con la primavera. Tengo la enorme convicción de que es solo y absolutamente una sensación efímera. En la que quiero quedarme a vivir toda la vida: en una primavera constante, la cual florece y me hace florecer a mi.
Lo más impresionante del camino es el propio camino en sí. No hay día en el que no recuerde cada vez que alguien con una vida totalmente opuesta a la mía me ha desvelado sus metas y ambiciones, haciéndome partícipe de todas las formas que tiene la vida de decirnos "ven".
Recuerdo Barajas y el calor pegajoso al bajar del coche de mi padre. Me acuerdo de la persona que dejé en ese asiento antes de subirme al avión. Después, Indonesia. 12.300 kilómetros, y yo únicamente me encontraba con ganas de florecer. He empezado un camino, en el que me da miedo que no me den miedo las despedidas nunca más. Solamente tengo ganas de absorber y agradecer cada cosa que, por muchas circunstancias, acaban cruzándose en mi camino. Para luego volver y poder contar a mi familia mientras que cenamos un Domingo en casa, que Buenos Aires lo llevo en el corazón.
Al igual que cada despedida, que difícil no significa fácil. Mis amigas me regalaron por mi último cumpleaños un pequeño colgante grabado. "A los pies del mundo". Imagina. ¿Cómo podrían llegar a darme miedo las despedidas?
Al igual que cada despedida, que difícil no significa fácil. Mis amigas me regalaron por mi último cumpleaños un pequeño colgante grabado. "A los pies del mundo". Imagina. ¿Cómo podrían llegar a darme miedo las despedidas?
Siempre que me apetece dejar constancia de algo acabo escribiéndolo. Como el famoso "dejo todas las puertas abiertas, con ruido, -no sé hacerlo de otra forma-", que escribí hace diez días para decir adiós. Sin siquiera saber que lo estaba haciendo.
Y meto diez cajas de ibuprofenos, el pasaporte, cinco cepillos de dientes, y un par de cosas más -solo un par- para que me acompañen a Latino América.
Y meto diez cajas de ibuprofenos, el pasaporte, cinco cepillos de dientes, y un par de cosas más -solo un par- para que me acompañen a Latino América.
No me decepciones. Voy con ganas de florecer. Sobre todo de darme cuenta de que la vida que he elegido va más allá de un conformismo impuesto.
Allá voy, Argentina.
Precioso
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