jueves, 10 de octubre de 2019

de la forma más egoísta





   Quiero romperte cualquier lámpara en la cabeza. A ti, quisiera taparte con la manta que robé del último vuelo (aquel en el que hacía mucho frío. Repito, mucho frío). Pero, cuando despiertes, quitarte la manta y tirarla por la ventana, para que el hombre que todos los días me mira al salir de casa la use cuando haga de todo menos frío. En realidad, a ti me gustaría escribirte una carta, a lápiz. Quiero usarte para que tú mismo borres la carta que escribí a lápiz. Y contigo me apetece enfadarme, por creerte con la potestad de borrar todo lo que te escribí, mientras me comía el último yogurt de vainilla que me quedaba en la nevera. Sin embargo, hoy me apetece dejar de esperar que me mires con la misma intensidad con la que yo me quedaría mirando una puesta de sol en Río de Janeiro.  Creo que todo es tan irracional, que irremediablemente no dejo de pensar que todo gira en torno a nuestro deseo de generar una conducta en cualquiera que abarca parte de nuestros sentimientos. 

Menuda irracionalidad no-considerada, no-controlada, no-decidida, y en realidad buscada y perseguida.

Me encuentro en una dicotomía constante entre la forma directa o indirecta que toma la manipulación (inherente al ser humano). Sigo esperando que si te rompo la lámpara en la cabeza me respondas de malas maneras, y no dándome las gracias. Y que borres aquella carta a lápiz en lugar de remarcarla con bolígrafo. Puede que también la intensidad me haga girarme en medio del segundo vagón de la línea D -la que en hora punta va abarrotada de gente con prisa-, en lugar de enfadarme porque ni siquiera te has subido al mismo que yo. 

La forma en la que pretendemos causar una reacción en el otro para introducirnos en una sensación temporal de control, no podría ser otro concepto que el de: manipulación. Y eso que somos seres libres. Imagina por un momento si en realidad no lo fuésemos.


(me lo he dedicado a mi misma. de la forma más egoísta). 















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